Llego aquí casi sin manos, con la punta de la lengua buscando una boca que no existe en esta tierra, abusando de los mundos nocturnos para encontrarme con la imagen de lo que, supongo, es la proyección de temores y odios, ambos juntos en una unidad que no puede ser más que el deseo. El deseo, si... deseo... no tengo idea qué es eso ni tampoco qué dimensiones abarca, pero cómo tira! tira tanto tanto que incluso los rencores más profundos se enternecen y me cantan al oído que olvide, que olvide y siga cantando... Me siento sobre el frío cemento, como cachorro ensangrentado a observar como se caen los planetas, y pienso tanto! Pienso en la lluvia que no ha venido a vernos y en las carcajadas subterráneas que nos dimos, tu yo ella él y tantos y tantas otras, en este tiempo maldito que no explica nada y lo consume todo. Y digo que estoy sin manos porque es la pura verdad, la acción se sustenta en lo que mi subjetividad permite y hoy las barreras están tan altas que incluso las fantasías se vuelven líquidas y entonces la vida misma se hace espejismo dulce y sin salida. Y ahí voy, ahí vamos todos, algunos sin saberlo aun pero qué importa, el cielo se abre cada mañana y bajo él los cachorros hambrientos buscamos la ciudad de los libres, la belleza y el caos investido de orden, para vivir, para ser, para morir, para lo que sea, pero libres y primitivos, libres y primitivos.

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